lunes, 5 de enero de 2009

La Noche de los Recuerdos de la Vergüenza


Se viene el 24 de agosto. El mítico 24 de agosto. “La Noche de la Nostalgia”, “La Noche de los Recuerdos”.

Y ya que por estas fechas nos acordamos de tantas estupideces y nos vienen nostalgias por cualquier canción chota que escuchamos en la radio, hoy quiero acordarme de otra cosa.

Un 24 de agosto de 1994, hace tan solo 14 años, morían a manos de la represión policial Fernando Morroni y Roberto Facal.

Morían por manifestarse pacíficamente, como otros tantos miles de personas, hombres, mujeres, gurisas, gurises, niñas y niños, y como otros tantos cientos de personas que resultaron heridas.

Morían por defender el derecho de tres ciudadanos vascos a recibir asilo político en nuestro país, así como otros miles de compatriotas recibieron asilo allá, cuando el Estado terrorista los obligó a irse.

Morían a manos de un Estado aún terrorista, a pesar que hacía ya diez años que el Uruguay era “democrático”.

Morían jóvenes.

Morían peleando por un mundo un poco más justo.

Morían injustamente en la masacre de Jacinto Vera, en la masacre del Filtro.

Murieron, y hasta hoy los responsables de sus muertes siguen impunes.

Hasta hace por lo menos dos años, tres de los mayores responsables de la masacre estaban ocupando cargos de jerarquía en las fuerzas policiales uruguayas, habiendo sido promovidos a esos cargos por el gobierno “progresista”, y habiendo incluso sido procesados por sus responsabilidades en la masacre.

Esto por no nombrar al en ese entonces presidente, Luis Alberto Lacalle, quién dio las órdenes a su Ministro del Interior, Ángel María Gianola para desatar la represión.

Andan todos libres caminando por la calle, haciendo política, dando órdenes, sin vergüenza, con la soberbia del impune.

Y aunque en esa fecha yo solo tenía 9 años, los 24 de agosto me da por acordarme de estas cosas.

Porque yo no olvido.

Ni perdono.

No aprobado, 1


Este es un típico berretín burgués. El otro día di un examen y lo perdí. Y aunque yo se que el fallo fue justo, yo siempre tengo una esperanza, allá muy en el fondo, lo que me hace por lo menos dudar inconcientemente de la justicia del fallo.

Detesto los exámenes. Detesto la idea de tener que dar exámenes. Detesto estar todo el día ahí sentada, esperando a entrar a dar el oral. Detesto pasar todo el día con ganas de bañarme, cansada, con hambre, con sed, etc. Detesto estar nerviosa todo el día, dándome cuenta de todas las cosas que no se, por la razón que sea (o porque me las rifé, o porque las estudié y nunca las entendí, etc.). Detesto tener que aguantar a algun@s “compañer@s” haciendo alarde de tooooodo lo que saben, metiéndose todo el tiempo en conversaciones ajenas, dando opiniones a troche y moche, como si a alguien le interesara lo que opinan sobre la problemática del País Vasco, o el incremento de los casos de anorexia entre las mujeres negras sudafricanas desde 1994 coincidiendo con el final del Appartheid, o cualquier otro tema.

En realidad lo que más detesto es esa concepción que existe en algunas instituciones educativas de este país de que un@ va a demostrar su conocimiento a través de la respuesta a algunas preguntas elegidas de manera totalmente arbitraria por un tribunal de “notables”, o a través del desarrollo de un tema particular, también seleccionado por estos “notables”.

El mecanismo de los exámenes es de una perversión tal que a veces me asusta. En esta lógica, los estudiantes somos concebidos como maquinitas de estudiar, aprender, y salvar exámenes: “Si estudiás, vas a salvar”.

¡Mentira! He visto decenas de veces cómo algunos de mis compañer@s se rompen el alma estudiando durante meses, yendo a profesores particulares, recursando materias y un montón de cosas más, y pierden el examen como si nada.

No, como si nada no. Lo que pasa es que justo ese día se sentía mal, o se había peleado con el/la novi@, o había dormido mal, o estaba contracturad@, o tenía laringitis y no podía hablar, o…

Pero ta, todo eso no importa, porque “si estudiás, vas a salvar”.

Ta, obviamente que perder un examen no es ni por lejos lo peor que te puede pasar en la vida. Esto es algo que yo me repito y le repito a mis compañer@s incansablemente durante las largas horas de espera: “¿Qué es lo peor que nos puede pasar? Perderlo y tener que darlo de nuevo. Nada más. No nos jugamos la vida, ni la vida de un ser querido, ni nada. Es un examen, nada más.” Y de esa forma fomentamos la autocomplacencia y se nos exacerba la neurosis. Lo bueno es que la mayoría somos neuróticos (chiste neurótico). Igual siempre salta algun@ con el típico “Si, pero si lo perdés, te afecta la escolaridad y bla bla bla…” ¡Pero la puta que te parió!

Y bueno, ta. Me tenía que descargar. Tenía que hacer mi declaración de principios en contra de los perversos exámenes que la hacen pasar tan mal a una. No hay derecho, a dónde iremos a parar, bla bla bla...

Sarita, la pervertida.


Ta, lo voy a confesar. El otro día miré “Tenemos que hablar”, el programa de “debate” o “discusión” que se transmite por canal 4; ése que lo conduce la rubia con la voz más insoportablemente chillona del mundo, Sara Perrone. Y es como una confesión porque yo ya se que mirar ese programa me hace mal, que es perjudicial para mi salud mental, que es como un viaje de ida como la pasta base, etc., pero el tema me interesaba.

No, en realidad el tema no me interesaba demasiado, porque yo ya tengo una opinión formada sobre ese tema que difícilmente vaya a cambiar. Lo que me interesaba era escuchar qué decían los eruditos del programa sobre el tema en cuestión: “El sexo libre, ¿es una perversión?”

Lo que me sorprendió es que en el programa participaba un montón de gente, con diferentes opiniones y puntos de vista, desde distintas realidades, de diferentes profesiones, etc., pero no hubo ni un sexólogo ni un psicólogo que explicara lo que es una perversión.

Pervertir: (Del lat. pervertere).

1. tr. Viciar con malas doctrinas o ejemplos las costumbres, la fe, el gusto, etc. U. t. c. prnl.

2. tr. Perturbar el orden o estado de las cosas.

Esta es la definición de la Real Academia Española. En sexología y psicología, según tengo entendido (y pido ayuda a alguien que sepa más), las “perversiones” tienen más que ver con las parafilias, con las “desviaciones sexuales” (también definición de la Real Academia).

Cito algunas parafilias (las que más me llamaron la atención, porque nunca se me hubieran ocurrido, o porque me parecieron graciosas, etc.) del “Diccionario de Perversiones y Parafilias” (www.deperu.com/miscelanea/perversiones-parafilias.html):

Abasiofilia: La excitación sexual sólo se produce cuando la pareja es coja.

Amiquesis: Excitación sexual al rascar a la pareja durante el acto sexual.

Anofelorastia: Excitación al profanar objetos considerados sagrados.

Barosmia: Excitación por el olfato.

Choreofilia: Excitación sexual al bailar.

Dendrofilia: Cuando la excitación sólo se produce al frotarse contra los árboles.

Dorafilia: Excitación sexual al tocar pieles animales, sintéticas o de cualquier otro tipo.

Electrofilia (electrocutofilia): La excitación sólo se produce al usar suaves choques eléctricos durante la práctica sexual.

Emetofilia: Excitación sexual proveniente del acto de vomitar.

Flatofilia: Excitación proveniente del olor de los gases intestinales propios o de la pareja.

Formicofilia: Excitación sexual al reptar de insectos o animales pequeños (hormigas, caracoles, gusanos, etc.) sobre los genitales.

Gomfipotismo: Excitación provocada por los dientes.

Hemotigolagnia: Atracción sexual por los tampones usados.

Hierofilia: Atracción sexual por las cruces.

Keraunofilia: Placer sexual por los rayos y truenos.

Misofilia: Atracción sexual por la ropa sucia.

Nosolagnia: Excitación proveniente de saber que la pareja tiene una enfermedad terminal.

Pediofilia: Atracción sexual por las muñecas.

Xenofilia: La excitación sólo se produce ante parejas de distintos países.

Hasta acá todo bárbaro. Se entiende que una “perversión” o una “desviación sexual” se produce cuando la persona en cuestión se excita con cosas o situaciones que aparentemente “no deberían” producir excitación sexual. Y digo “no deberían” porque todo esto puede ser muy discutible. Desde mi punto de vista personal, creo que cualquier práctica sexual consentida entre adultos y que no dañe la integridad física, moral, emocional o psicológica de terceros es perfectamente respetable. Todo lo demás responde a criterios de “normalidad” o “anormalidad” que a mí por lo menos me disgusta definir. Pero ta, es una opinión personal y que no tiene un basamento científico, por eso pido, nuevamente, la ayuda de alguien más letrado en estas cuestiones. Lo que sí no encontré en este diccionario y en otros que consulté fue una acepción para la supuesta perversión llamada “sexo libre”.

Volviendo al programa en cuestión, debo decir que me dio mucha rabia la forma en que se planteó y se discutió el tema. El hecho de no consultar a un psicólogo o a un sexólogo evidencia una falta de interés real por la cuestión en debate, y sí un interés perverso (bien vale la palabra) por la polémica barata de peluquería de barrio.

La definición que se daba en este programa de “sexo libre” era más bien vaga, si no inexistente. Se comparaba esta práctica (si es que se la puede llamar así) con el sexo pre-matrimonial o con la utilización de diversos artefactos con fines eróticos, como vibradores, lencería, etc.

Creo que para empezar habría estado bueno definir, si es que se puede definir científicamente, qué es el “sexo libre” y según quién, porque para empezar, lo que para unos es libertad para otros puede ser libertinaje y para otros un juego de niños.

Para seguir creo que es de cajón que en estas cuestiones se debería consultar a alguien más entendido en el tema, más teniendo en cuenta que hoy en día la disciplina de la sexología está tan en boga. Probablemente sí se haya consultado a un profesional, pero lo más probable es que este profesional les haya explicado lo que realmente es una perversión, lo que debe haber sido un disgusto para la producción del mentado programa, ya que la explicación invalidaba toda posterior discusión sobre si el sexo libre es o no una perversión, y se quedaban sin tema para discutir, ni Dios lo permita, tener que ponerme a pensar de vuelta a ver qué chotada discutimos esta semana...

Obviamente que estas son todas conjeturas mías, pero es que me llamó poderosamente la atención la falta de un “testimonio” (ya que se usa tanto esta palabra en este tipo de programas) de un profesional en la materia.

Los medios de comunicación de masas son formadores de opinión, vaya descubrimiento el mío. Cuando se hace una manipulación tan descarada de la información como en este caso se está formando una opinión en la audiencia, para bien o para mal. Aparte que la discusión se parece más a un puterío de gallinero que a un debate serio sobre cuestiones interesantes, de dónde no se puede sacar nada en limpio.

Más allá de las opiniones vertidas por los participantes, con las que se puede discrepar o estar de acuerdo, este programa transmite una moral y unos valores que yo calificaría al menos de retrógrados, por no decir fascistas, ya que la palabra suele herir susceptibilidades.

Porque se habla de libertad como si fuera una perversión. Y nada más alejado. La libertad, al menos en este tema, pasa por elegir lo que a uno más le guste y vivir de acuerdo a esa elección, sin hacer daño a otros. Tener sexo antes del matrimonio o no, usar “juguetes” o no, hacerlo solamente con tu cónyuge y para el resto de tu vida o hacerlo con todas las personas que te venga en gana, siempre con consentimiento mutuo, etc., son todas opciones dentro de la libertad individual inherente a estas cuestiones.

Porque, como ya dijo alguien, “la libertad es libre”. Yo agregaría que no debería ser lo “perverso” o “anormal”.

La hilacha.


Durante estas últimas dos semanas he estado siguiendo, a través de este portal, el tema del crimen de Pamela Silva, la nena de 11 años que fue brutalmente asesinada en Maldonado. Casi todos los días entraba en el portal y veía la ya conocida foto de Pamela, leía las noticias en torno al caso (que muchas veces eran escalofriantes y otras contradictorias y poco claras) y los comentarios de los demás usuarios.

En primer lugar debo hacer una puntualización: repudio en un cien por ciento lo que le pasó a esta nena. Calculo que esto no es raro; creo que a la mayoría de nosotros nos debe estrujar el alma saber lo que vivió Pamela esa noche y durante el tiempo que fue abusada y/o prostituida (esto todavía no está claro, al menos para mí). Y también me estruja el alma saber que muchas otras personas deben estar pasando por lo mismo, sin que nadie se entere. Por lo tanto, no creo ser original en mis sentimientos hacia todo esto.

Ahora, lo que me alarma sobremanera son algunos comentarios que han dejado algunos usuarios de este portal. Comentarios del tipo “Pena de muerte ya para estos monstruos por método de tortura”, o “Hay que mandarlos a todos para Tacuarembó” (haciendo referencia al caso de linchamiento de un preso en la cárcel de aquel departamento, por parte de otros presos y de dos carceleros, por un crimen similar), o “Justicia por mano propia para estos hijos de puta”, o “Sr. Juez, entregue a este hijo de puta al pueblo para que se haga justicia”, etc.

Vuelvo a decirlo: lo que le pasó a Pamela es deplorable, y los responsables de esto son unos hijos de puta con todas las letras. La verdad es que a mí no me cabe en la cabeza cómo alguien puede hacer este tipo de cosas; creo que nadie en su sano juicio podría llegar a hacer una cosa de éstas. Pero claro, se ve que los involucrados no estaban en su sano juicio, obviamente.

Pero que haya gente que exija la pena de muerte para estos individuos es algo que me preocupa profundamente, más allá que estoy totalmente en contra de la pena de muerte.

Yo no soy madre, así que obviamente no puedo saber qué se siente cuando a un hijo le pasan este tipo de cosas. Pero me lo puedo llegar a imaginar, creo. Puedo llegar a imaginar la rabia, el dolor, la impotencia, el asco, el espanto. Creo que no hace falta ser madre para sentir de esta forma cuando ocurre este tipo de hechos. Creo que lo único que hace falta es no ser indiferente.

La cuestión pasa por otro lado, me parece. Considero que la cuestión es que estas personas que plantearon sus exigencias tan vehementemente y con una rabia y un dolor que considero totalmente legítimos, no se han puesto a pensar en las verdaderas implicancias de lo que exigen. Lo que implican para ellos mismos.

Porque, yo me pregunto, ¿cuál es la diferencia entre esta gente y los presos de Tacuarembó, que hicieron justicia por mano propia? ¿Qué los hace diferentes? ¿Solamente que unos están presos y otros no?

Estos usuarios no se dan cuentan que a través de su expresión de deseo se están igualando a los presos de Tacuarembó; son tan o más crueles y sanguinarios que los presos de Tacuarembó. Están exigiendo que la Justicia debe ser ésa practicada en Tacuarembó, sin darse cuenta que son ellos mismos los que han mandado presos a estos hombres, por los motivos que sean. No se dan cuenta que son su Justicia, sus Leyes, sus Jueces los que deciden que estos hombres estén presos. Entonces, por un lado, merecen estar confinados, en condiciones infrahumanas, y por otro lado, son los superhéroes del momento, dignos de reverencia. Un razonamiento del tipo "Se los mandamos para allá y que se maten entre ellos; nosotros que somos gente de bien no nos vamos a ensuciar las manos..." Contradicciones del sistema, que le dicen.

Me parece que, como en muchos otros aspectos de la vida en sociedad, acá hay un fuertísimo componente de hipocresía. Somos súper civilizados, hasta que nos sale la bestia de adentro; confiamos y somos orgullosos de nuestra Justicia, hasta que los que quiebran las leyes pasan a ser motivo de orgullo; nos vanagloriamos de nuestra supuesta tradición de respeto a los derechos humanos, hasta que mostramos la hilacha.

No se, estas son apenas una reflexiones. No es un tema agotado ni mucho menos. Apreciaré los comentarios al respecto.

Una última puntualización, y si hay algún abogado o alguien en vías de serlo por la vuelta capaz que me puede ayudar: el Estado uruguayo ha ratificado algunos acuerdos internacionales (no estoy segura cuáles, por eso pido ayuda de algún leguleyo) que impiden que un Estado que haya abolido la pena de muerte, como es el caso de Uruguay, vuelva a implementarla. De lo contrario esto acarrearía sanciones internacionales. De vuelta, si hay alguien que sepa más de esto, no dude en explicarlo.

Al mal tiempo... ¡Cara de culo!


Ta. Me cansé. Estoy harta. No aguanto más. ¡¿CUÁNDO CARAJO VA A PARAR DE LLOVER?!

Estoy pasada de lluvia. Todo es gris y mojado. Tengo pila de ropa para lavar. La ropa que lavo la tengo que secar en un radiador de aceite eléctrico (el radiador, no el aceite), que consume electricidad como loco (el contador está a punto de vomitar, de tanta vuelta).

No puedo más. Y además estoy de vacaciones, así que tampoco tengo nada para estudiar. Estudiar con un día como estos es aburrido, pero peor es tener que estudiar con un día de playa fabuloso, y eso de llevarse los libros a la playa nunca funcionó, no nos vamos a engañar (si a alguien le funcionó, por favor que pase la receta).

Ya le di trescientas vueltas a la TV cable, y la verdad es que encuentro poca cosa interesante, más allá de los problemas en la frontera Ecuador-Colombia (Nota: Uribe, los rehenes te los van a entregar el día del golero, gil, hijo de puta. La Betancourt se te va a morir en la selva de la hepatitis B. La verdad que te la pensaste bien antes de atacar, pedazo de nabo).

Pero bueno, para que no digan que soy pesimista ni que busco las cosas malas en todo, voy a hacer un racconto de las cosas que uno puede hacer cuando llueve “diluvialmente” (no se si existe esa palabra, pero es linda):

  • Empezar o terminar de leer ese libro al que siempre te costó entrarle. Yo ahora estoy terminando “El péndulo de Foucault” de Umberto Eco. Recuerdo que hace unos años y en una situación similar me leí “Rayuela” de Julio Cortázar, el cual había empezado a leer como quince veces y nunca entendía nada (con dieciséis años es difícil entender cualquier cosa). Igual hay libros a los que nunca pude entrarle ni con Coca-Cola, tipo “El Ser y la Nada” de Jean Paul Sartre.
  • Alquilarse alguna película de cine independiente, preferentemente rumano o iraní, de esas bien densitas que te dejan con la cabeza a mil, que las tenés que ver dos o tres veces para empezar a chaparle la onda (opa, metí terminología en desuso). Viéndola dos o tres veces ya tenés unas cuantas horas ocupadas. Yo podría recomendar “Memento”, pero no puedo porque tengo una condición que me impide retener recuerdos nuevos (los que vieron la película saben de qué hablo).
  • Alquilarse unas películas bien chotas, tipo “American Pie: Campamento de Bandas” y fomentar la autocomplacencia, pensando que a fin de cuentas, uno no está tan mal, digo yo.
  • Ordenar la biblioteca, pudiendo seguir diferentes criterios: por autor; por orden alfabético; por tema; por color de las tapas; por número de páginas; por año en que el libro fue adquirido, heredado, prestado, recibido como regalo; por ideología del autor; por estilo literario; por editorial; etc. Yo recomiendo los dos primeros criterios. Los otros dificultan el sucesivo hallazgo del libro buscado.
  • Mirar fotos viejas, y congratularse por no seguir cortándose el pelo como en los años 80 (una década nefasta para el cabello), ni por seguir usando esos enteritos que te hacían ver como embarazada (a pesar de ser hombre).
  • Aquellos que guardan recuerdos de ex novios/as (yo no soy una de ellos), pueden repasar las cartas de amor de las que fueron objeto y felicitarse por no seguir con esa persona. Yo recomiendo deshacerse de todo una vez terminada la relación, salvo la ropa que le hayan regalado a uno, porque de última, la ropa puede seguir usándose, salvo que ya no esté en condiciones o que a uno ya no le entre. Yo tenía un novio que me escribió tantas cartas que aún hoy, cinco años después de terminado el noviazgo, sigo encontrando cartas olvidadas en los cajones, y la verdad es que me alegro de haber terminado esa relación.
  • Ordenar el ropero y seleccionar la ropa que nos interesa de verdad. Esto es algo que me pasa a mí en particular: tengo pila de ropa que nunca usé y que probablemente nunca vaya a usar, porque es ropa super extravagante que me compro en las ferias americanas o en las tiendas de segunda mano, a precios irrisorios, y que nunca me animo a ponerme. Creo que lo mejor es darle esa ropa que uno nunca usa a alguien que lo necesite más (o algún amigo/a que sí se anime a usarla).
  • Hacer zapping en busca de algo interesante. Si usted tiene TV cable, esta actividad podrá ocuparle máximo hora, hora y media. Si usted no tiene TV cable, ese tiempo se verá reducido drásticamente a solamente diez minutos (se conocen casos en que el zapping ha durado doce minutos y cuerenta y tres segundos, pero es que los sujetos en cuestión habían quedado paralizados, casi apopléjicos, bajo el efecto narcótico de “Buscadores”).

Seguramente hay muchas otras actividades para aprovechar estos días asquerosos. Por ahora consigno éstas. Si alguien más se anima a recomendar algo, por favor, no dude en hacerlo. Su recomendación será bienvenida, más teniendo en cuenta que vamos a tener agua para varios días más. Todo culpa de Torraca y Vázquez Melo, la puta que los parió.

El opio de los pueblos



Y pasó otra vez. Otra vez mataron a un hincha. Otra vez alguien se creyó con derecho sobre otra vida solo por llevar puestos los colores del adversario.

¿Qué carajo les pasa? ¿Cómo es la historia? ¿De verdad ser hincha de uno u otro cuadro de fútbol es razón suficiente para matar o ser muerto?

Ya se que este tema de la violencia en el deporte está recontra trillado, pero es algo que me sigue sorprendiendo.

Y no me van a meter el verso de algunos periodistas deportivos que “la culpa de todo la tiene la droga”, como si cualquier sustancia por sí sola cometiera algún crimen. La verdad es que yo nunca vi a un porro robar la radio de un auto, y nunca vi una raya de merca asesinar a nadie.

Obviamente, como en cualquier otra problemática social, las causas no son unidireccionales; no hay un único causante de nada. Capaz que el consumo de drogas tiene alguna participación, pero en mi opinión, ésta es mínima.

¿Qué es lo que hace que una persona o un grupo de personas sienta un odio tan grande hacia otra persona del cuadro rival? ¿Qué es lo que hace que un deporte, en este caso el fútbol, provoque sentimientos tan abyectos?
Me dirán que detrás del fútbol existe todo un negocio, con sus tejes y manejes, con sus millones de dólares o euros pasando de mano en mano (siempre las mismas manos), y que, como en cualquier otro lado, en el fútbol también se cuecen habas. Pero todo eso no tiene nada que ver con el fútbol en sí, o con el deporte que sea.

Estamos hablando de que yo, por ser de Peñarol, por poner un ejemplo, estoy casi en una obligación moral de sentir el odio más destilado por Nacional y por todos sus parciales. Estamos hablando de que hoy o mañana, por llevar la camiseta de cualquier cuadro, me pueden matar, pueden terminar con mi vida así nomás. Y estamos hablando de la vida de la gente. Y no hablo de la vida como algo abstracto. Hablo de la vida en el sentido más neto, en un sentido biológico diría.

Yo no soy futbolera. En una época sí lo fui. Y después me di cuenta que ningún cuadro de fútbol vale la vida de nadie. Ningún cuadro de fútbol es “un sentimiento” ni “una pasión incontrolable” ni nada de esas estupideces de impúberes e imberbes.

La verdad, y lo digo sinceramente, no entiendo cómo hay gente que se apasiona de esa forma; cómo hay gente que sufre una final de un campeonato pedorro como si su vida o la de un ser querido estuviera en juego; cómo hay periodistas que dedican su vida a hablar únicamente de fútbol; cómo en cada informativo se pierden veinte o veinticinco minutos de aire hablando de goles y tarjetas rojas y tablas de puntajes y pases millonarios, siendo que el informativo dura una hora; y otro montón de cosas que sigo sin entender.

Lo que de verdad me enoja es cómo, los medios de comunicación principalmente, nos tienen tan cegados, tan narcotizados; cómo nos hacen creer que el fútbol tiene una importancia primordial en nuestras vidas. Y tanto nos hicieron creer ese cuento, y tan bien nos comimos la pastilla, que hay gente que está no solo dispuesta sino ávida de exterminar a los hinchas contrarios. No hay más que escuchar los cantos de las hinchadas, en los que se consignan, impune y orgullosamente, anteriores crímenes y futuras venganzas.

Yo no se ustedes, pero yo a eso lo conozco como fascimo: el odio al diferente, al que no es igual que yo, sea cual sea la diferencia. Es el mismo odio que nos ha llevado y nos lleva a los seres humanos a cometer los crímenes más aberrantes.
Creo que era Karl Marx que decía que “la religión es el opio de los pueblos”. Más acá en el tiempo alguien se animó a decir que “el fútbol es el opio de los pueblos”. Yo no podría estar más de acuerdo.

Perdónalos, Señor; no saben lo que hacen


El otro día, hace como un mes, un hombre del clero salió a hablar en los informativos en contra de la campaña de Presidencia de la República a favor del uso del preservativo como método anticonceptivo y como forma de prevención contra las enfermedades de transmisión sexual, principalmente el VIH-SIDA.

La campaña a la que se refería el señor es la que podemos ver en los ómnibus, por ejemplo, en la que aparecen representados pies de personas, en diferente número y posición, de manera que se sugiere una relación sexual entre los dueños de esos pies. El slogan de la campaña es bastante explícito: “Hacelo bien. Usá condón”.

Los argumentos en contra que planteaba el señor, eran básicamente, que la Presidencia de la República está fomentando el “libertinaje”, y además sostenía que lo que en realidad importa a la hora del contagio es la cantidad de relaciones sexuales que una persona tiene y con quién o quiénes, y no tanto si esa persona usa preservativo o no. Es decir, no importa si usás preservativo (mejor que no lo uses), lo que importa es que tengas relaciones según las prescripciones de la Santa Madre Iglesia Católica Apostólica Romana: dentro del matrimonio heterosexual y solo para procrear. Lo demás es pecado, ni Dios lo permita.

Y lo único que pude opinar al respecto en ese momento fue “¡Ay, ay, ay!

O sea, me parece increíble, realmente no puedo creer, que a esta altura de las circunstancias, todavía haya gente relativamente educada, gente que no se podría calificar como con deficiencias intelectuales severas o lo que sea, que le siga haciendo oídos sordos este tema. Que aprovechando la gran ignorancia que hay sobre el tema, sobre todo en la población joven (la más expuesta por la misma razón), sigan esparciendo esa ignorancia, utilizando conceptos erróneos y valiéndose más que nada de prejuicios (como en los mejores años de la Edad Media ¿no? ¡Ah! Ésos sí que eran buenos tiempos, ¿no, Cotugno? Ésas sí que eran épocas lindas, ¿eh? Cuando los quemábamos vivos a esos herejes blasfemos, ¿eh? Cuando los torturábamos hasta que pedían piedad...)

Acá lo importante es que lo único que hasta ahora nos protege del virus del SIDA es el uso del preservativo. No estoy diciendo nada nuevo, ¿no? Que yo sepa no hay vacuna contra el VIH, ¿o me equivoco? El otro método que funciona es la abstinencia total. Pero no podemos negar que es uno de los menos utilizados.

A mi no me interesa lo que hagan los cristianos con su vida sexual. No me interesa si tienen relaciones antes de casarse o no; o si usan métodos anticonceptivos o no; si lo hacen de a dos o de a tres o de a cien. Considero que sus opciones son tan respetables como las de cualquier otra persona.

Obviamente que no comparto y condeno ciertas prácticas sexuales como la paidofilia (sexo con niños). Que esto quede bien claro. Pero esas prácticas no tienen mucho que ver con el ejercicio de una sexualidad sana, sino que más bien se tratan de parafilias. Y de eso la Iglesia Católica, por ejemplo, sabe bastante. Sino pregúntenle al Padre Antelo, ese que salía los domingos de mañana en canal 4. O al Padre Grassi, en Argentina...

Yo pregunto: ¿ésta gente no se dio cuenta que vivimos en un Estado formalmente laico? Quiero decir, así como el Estado garantiza (o debería garantizar) el derecho de todas las personas a profesar cualquier fe, también tiene que garantizar los derechos de quienes no profesamos ninguna.

El Estado como tal debería velar por el bienestar de todos los habitantes del país. Y el Estado no puede ni debe decirle a nadie como ejercer su sexualidad. Pero ya que la epidemia de VIH no se va a detener por arte de magia, el Estado está en el deber de informar a la población sobre cómo evitar el contagio de VIH. ¿No se hace lo mismo con el dengue, por ejemplo?

Después, cada un@ verá si usa preservativo o no. Creo que cada un@ debe tener el derecho a disfrutar de su sexualidad de la manera que mejor le parezca. Cada un@ debe tener opciones, y las opciones tienen que estar ahí; y el Estado debe contemplar y proteger la diversidad de opciones.

Esta idea la tomo prestada de mi amigo Daritxo: la Iglesia tiene sus espacios para impartir su doctrina y sus valores: se llaman misa o catecismo, o cualquier otra instancia en que se transmita lo que ellos consideran que es valioso. Y el Estado les garantiza que sean libres de hacerlo, al menos formalmente.

Pero no vengan a tratar de confundirme por televisión abierta. Si uno tiene mala suerte y no se cuida, alcanza con una sola vez para contagiar o contagiarse el VIH. Y no importa si lo hago con un tipo o con una mina, o con cien tipos o con cien minas. O si lo hago de manera “normal”, “por adelante”, o si lo hago pecaminosamente “por atrás”.

Creo que todos tenemos derecho a profesar la religión que más nos guste y a vivir de acuerdo a sus valores, pero también tenemos derecho a no ser confundidos, a que se nos brinde toda la información necesaria, y a que no se nos juzgue por disfrutar de nuestra vida sexual como más nos guste y con quien más nos guste.

Si la Iglesia Católica está tratando de convertir a más gente, si está tratando de tener más fieles, yo me animo a decir que le están errando feo, y hace siglos que la vienen errando feo, feo. Me parece que la política de atraer fieles o nuevos conversos mediante la condena previa y el prejuicio, no es la mejor, digo yo. Por lo menos conmigo no funciona. Yo lo único que puedo decir es “Perdónalos, Señor; no saben lo que hacen”.

Hay que usar forro, gente. No importa si lo hacés con un hombre o con una mujer; no importa si lo hacés “como papá y mamá” o si tenés el doctorado en Kama Sutra. No importa. Porque si algo hay que reconocerle al VIH es que él no discrimina a nadie, es de lo más democrático y popular que hay. Y el preservativo, a diferencia de lo que dice la Iglesia Católica, si es bien usado y si no se rompe, no deja pasar el VIH.

La última y pa las mujeres que participan del blog: me parece que es hora que todas empecemos a llevar, nosotras también, algún preservativo en la cartera o donde sea. Porque a nosotras también nos gusta tener relaciones sexuales, ¿no? ¿O nos vamos a hacer las frígidas? Y a veces ellos no tienen condón, y no hay porqué suspender un momento agradable con alguien o arriesgarse a contagiarse alguna enfermedad de transmisión sexual o a quedar embarazadas sin quererlo solo por que el tipo no tiene forro. Una empieza el día y no sabe dónde lo va a terminar, ¿no? Mejor que termine bien, digo yo.